Nos amamos en una bicicleta
Ayer tú y yo, en un solo beso para la vida,
en el amor que nos conoció a los quince años
y yo pedaleando para nunca llegar tarde a tu corazón.
Fuimos nosotros los que inventamos el beso en una bicicleta,
la edad de las miradas con un cuaderno en la mano.
Fuimos nosotros, los que sin respirar, nos cansamos de viajar
y ayer, solo ayer, las calles dicen: ¡Allí van, son ellos!
pero fue tan rápido que pedazo a pedazo nos despedimos.
Tú y yo, querida, ahora quizás donde, donde volveríamos a rodar
donde volveríamos a comandar dos ruedas como a un barco,
donde volveríamos a conquistar los mundos con un sueño.
Eso no me importa, por que en mi memoria tengo un niño despierto
llevo a ese revoltoso quinceañero en los dedos del alma,
tengo aún, esos años diminutos como zapatos de liceano.
Entonces, será a las siete, te pasaré a buscar como cochero,
subirás en mi caballo veloz con rayos de aluminio,
dispuesta a saltar a la gloria al besar cada calle,
recostándote en cada parada para retomar fuerzas.
Entonces, será a las siete, cuando llegue a tu casa,
salgas a recibirme como ansiosa de la nueva carrera.
Entonces, son las siete y recuerdo tu mano en la mía,
riendo del pedaleo en mañana y tarde,
cuando nos amamos en una bicicleta sobre la vida,
cuando se me vienen los quince felices años,
ahora que son más, sin bicicletas ni sueños.
Santiago Azar
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En rueda está el silencio detenido,
y en freno congelado la distancia.
Qué lejano está el pie, cómo se ha ido
la infancia del pedal sobre la infancia.
El reino del volante sometido
se borra con la sed que hay en la llanta.
La mano que no está tiene un sonido
de tanta ausencia y cercanía tanta.
Cuán remota la edad que en ti palpita
con las velocidades de tu cita,
y qué rápida estás con ser tan quieta,
tan inmóvil pedal dormido ahora
por la lluvia de ayer que te evapora
tu perdida niñez de bicicleta.
Miguel Arteche
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A los cincuenta años, hoy, tengo una bicicleta.
Muchos tienen un yate
y muchos más un automóvil
y hay muchos que también tienen ya un avión.
Pero yo
a mis cincuenta años justos, tengo solo una bicicleta.
Alberti
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Pedalear, pedalear, nunca para atrás mirar
sucumbir al viento y a esas miradas tuyas que me retuercen.
Clavarme en el horizonte platinado y difuso
caer de rodillas, rasparme en la cuneta otra vez
cerrar los ojos y andar sin manos
ir de paseo por el cosmos
por el tuyo
tapado de soles y estrellas
de nubes y grises
de dioses malvados y vírgenes piadosas
siempre haciendo sonar los rayos de mi bicicleta
para que tus ojos de aceitunas
me miren a mí y a nadie más.
Subir la colina amarilla
bajar la cuesta roja
saltar la valla azul
y volver a pedalear
gritar, brincar, llorar
morder, contraer, comprimir
y otra vez pedalear y pedalear
tomar la curva de la vida, saltar el morro de la muerte, chiflar
estudiar y vacunarme
pelechar inmundicias mientras me deshago a pedazos
sonreír a carcajadas cuando te tengo entre todos mis brazos
escapar y perseguir demonios; yo me dejo atrapar.
Acosar y seguir a los ángeles
llevando encima una venda
engullendo cuchuflíes y masticando chicles de fruta
haciendo gracias para que me mires
dando vueltas en círculos para que me ames
voy y vengo erguido siempre en dos pedales para que me sigas
para que me ampares.
Pedalear, pedalear, nunca para atrás mirar
que nos vamos de paseo
que salimos de excursión
que adelante va la vida
y en la esquina vira un bus
en el cruce atraviesa un tren
y en la cuesta esperas tú.
De bajada la noche entra
de subida la luna sale
por el día la vida arde
se oyen claras las sonrisas a raudales.
Aquí me quedo entonces arriba de mi bici
mientras sigo imaginando
salto y zigzagueo la ruta
con el alma pedaleando.
Ricardo Esteban Carvajal |